domingo, 7 de abril de 2013


Carlos Núñez considera que hay que criar un toro más barato por la crisis

Según el presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia la demanda de reses ha caído en torno al 50% en los últimos cinco años 

06.04.13 - 00:08 - 
Carlos Núñez considera que hay que criar un toro más barato por la crisis

Carlos Núñez, presidente de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, asegura que, ante la crisis que también asola el sector taurino, los ganaderos tienen que intentar criar «un toro lo más barato posible». Núñez hizo estas declaraciones durante la presentación a la prensa de la memoria 2012 de la UCTL, asociación que engloba a la mayoría de los ganaderos de bravo más importantes de España.
De dicha memoria, según el presidente de los ganaderos, «surge un mensaje desalentador por la caída vertiginosa de la demanda de reses en los últimos cinco años, en torno al 50 %. Y lo más grave es que esa caída no es proporcional a la de la producción de animales, lo que lleva a una preocupante situación de excedente de toros en el campo», argumenta Carlos Núñez.
El ganadero considera que, para solucionar el problema, «la Unión de Criadores no puede alterar la libre competencia ni tomar medidas coercirtivas contra sus asociados, pero sí aconsejarles que sean mejores gestores de sus empresas agropecuarias y que produzcan un toro y un novillo lo más barato posible, a pesar incluso de la gran subida de costes de producción de los últimos tiempos».
«Los ganaderos de bravo debemos analizar la demanda real y adaptarnos a ella, saber qué ponemos en el escaparate y ser más escrupulosos selectivamente que en otras épocas», argumenta Núñez.
Según la memoria presentada a la prensa, los ganaderos adscritos a la Unión de Criadores han reducido en un 30 % el número de hembras reproductoras en 2012, decisión cuyo efecto será una similar reducción de machos para la lidia dentro de cinco temporadas.
Por otra parte, tanto Carlos Núñez como Isabel Carpio y Julio Pérez Tabernero, miembros de la Junta Directiva de la UCTL, coincidieron en señalar que su asociación está «plenamente cohesionada», tras los problemas de organización de los últimos años.
«Por causa de la crisis económica, los ganaderos tenemos ahora los mayores problemas de nuestra historia y debemos resolverlos con unión y fuerza. Por fin hay estabilidad social en esta asociación y ahora vamos a por la presupuestaria», enfatiza el presidente.
En ese sentido, Carlos Núñez quiso también destacar el trabajo que los ganaderos están llevando a cabo ante las distintas administraciones, quienes, según Isabel Carpio, «están reaccionando con sensibilidad, lo que es de agradecer teniendo en cuenta que cuesta mucho adaptar el toro bravo a la normativa ganadera general».
En palabras del presidente de los ganaderos de lidia, que lo es también de la intersectorial taurina denominada Mesa del toro, «la administración pública jamás abrió antes sus puertas a los estamentos taurinos y por eso ahora, justo cuando empieza a hacerlo, estamos en un momento histórico».
«Pero para defender la tauromaquia ante la administración hay que buscar la unión de todos los sectores profesionales del toreo, a pesar de las piedras en el camino que suponen los problemas laborales y empresariales fundamentalmente. Sólo así podermos rediseñar las estructuras de este espectáculo para hacerlo asequible y adaptado a los tiempos», asevera Núñez.

Cumbre de El Juli, por la Puerta del Príncipe de Sevilla

Día 31/03/2013 - 23.55h

Corta tres orejas en la corrida del Domingo de Resurrección y se va dos veces a portagayola

En una tarde de enorme expectación, El Juli corta tres orejas, abre sin discusiones la Puerta del Príncipe y da una lección de poderío. Ya había vivido antes esa experiencia pero la de esta tarde es, sin duda, una de las cumbres de su carrera.
Prólogo complicado: se rechazan en el reconocimiento nueve toros. ¡Lamentable! Después de muchas idas y venidas, se lidia un toro deParladé, el primero, muy deslucido, y cinco de la ganadería anunciada, Garcigrande: todos son justos de fuerzas pero no plantean graves problemas a los matadores.
Julián López anuncia su actitud yéndose a portagayola en el segundo, enlazando la larga cambiada con verónicas de manos bajas, ganando terreno. Un quite, a cámara lenta, hace sonar la música. Da distancia al toro, lo engancha en la muleta, manda, liga. Cuando el toro se raja, aguanta parones. Con su habitual salto, logra un estoconazo: muere el toro en una bella estampa y corta la primera oreja.

Otra vez a portagayola

Vuelve a irse a portagayola en el quinto y el público ve claramente su disposición. Aunque el toro va suelto, hace un gran quite por verónicas, mandando mucho. En banderillas, es herido El Niño de Leganés.Julián no se inmuta: en el centro del ruedo, se mete en su terreno, conduce las embestidas hasta muy lejos. Unos naturales, mandando muchísimo, provocan que la gente se vuelva loca: mata de estocada, volcándose, y el presidente saca a la vez los dos pañuelos.
No ha sido la tarde de Morante ni de Manzanares. El primer toro, de Parladé, deslucidísimo, engancha dos veces el capote de José Antonio. Al comprobar que se cuela, rebrincado, corta por lo sano: faena brevísima y lógica bronca. En el cuarto sí que quiere: consigue excelentes verónicas y un precioso quite pero el toro flaquea demasiado. Las caídas deslucen hermosos muletazos, llenos de sabor. La decepción es lógica: queríamos más... Brilla el ingenio sevillano en un grito: «¡Morante, me engañas pero te quiero!».
Manzanares, predilecto de Sevilla, tampoco tiene fortuna. En el tercero, incierto, huido, logra muletazos solemnes, sin apreturas: se produce cierta división. Abundan las pinceladas estéticas pero falta algo para el clamor popular y no acierta con la espada. El último es pegajoso, crea problemas en banderillas: dos grandes pares de Trujillo, que saluda. En la muleta, no se entrega. José María le arranca naturales de calidad, le saca más de lo que merece el toro pero menos de lo que la gente esperaba. Y no acierta de nuevo con los aceros. ¿Ha perdido algo el sitio que antes tenía con la espada? La tarde de los seis toros lo comprobaremos.

lunes, 1 de abril de 2013


Luis Bolívar y David Mora pasean una oreja

Una oreja cada uno pasearon los diestros Luis Bolívar y David Mora en el festejo celebrado este domingo en la ciudad francesa de Arles, donde la corrida de Cebada Gago mantuvo también parte del interés de la tarde.
Gracias a la corrida de Cebada Gago, que siempre mantuvo el interés y presentó tres toros con posibilidades para el toreo, así como al buen oficio y entrega de Luis Bolívar y David Mora, los aficionados arlesinos han podido olvidarse del mucho frío que les produjo el viento Mistral proveniente de los Alpes.
Con mucho menos oficio -no ha toreado ni 10 corridas en su vida- anduvo Marco Leal, que, aunque estuvo digno, se le notó el poco bagaje que atesora para vérselas con una corrida tan encastada como la de Cebada, muy del agrado del público "torista" de Arles.
El primer toro de Bolívar fue bravo en el caballo y derribó en la segunda vara. En la muleta, sin humillar del todo, sin embargo, "se dejó" torear, y el colombiano, tirando de ambición, le sacó partido en una faena en la que demostró oficio e inteligencia. Mató de un gran estoconazo y cortó una oreja.
Estuvo a punto de cortar otra en el cuarto, un sardo algo bruto que no acabó de emplearse en el peto, y al que le faltó ritmo y entrega en las embestidas. Sin embargo, Bolívar fue corrigiéndole su tendencia a gazapear para acabar metiéndolo en la muleta en una faena de menos a más, aunque el tendido apenas le tuvo en cuenta. El pinchazo previo a la estocada le privó de la oreja.
El garbanzo negro de la corrida fue el segundo toro, un animal con genio y de muy malas ideas, que, aunque le bajaron los humos con tres varas, desarrolló mucho sentido en el último tercio. David Mora, todo ambición, hizo un gran esfuerzo, que le costó incluso una fea voltereta, que el público arlesino le supo valorar, aunque sin poder llegar al triunfo.
Con el quinto pudo ofrecer Mora los mejores muletazos de la tarde frente a un animal que cumplió en el caballo y tuvo calidad en la muleta por el pitón derecho, aunque por el otro lado no quiso pelea. Mora supo cuajarlo con gusto sobre la diestra y demostró muy valor al natural, aguantando miradas y parones de escalofrío. Tras la estocada cortó una oreja.
El lote de Marco Leal no fue nada fácil, y menos para un torero con tan poca experiencia. Hay que agradecerle su generosidad para lucir al bravo "Lagarto", que hizo tercero, y darle la enhorabuena por el esfuerzo que hizo frente al duro sexto. De haber acertado con la espada podía haber cortado una oreja de este último.

Ficha:

Toros de Cebada Gago, bien presentados y bravos en conjunto. El mejor, el tercero por el gran espectáculo que dio en varas y por su exigencia en el último tercio, premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre. Fueron buenos también quinto y sexto. Primero y cuarto "se dejaron" aunque sin acabar de "romper". El segundo fue el más complicado por orientado.
Luis Bolívar oreja y palmas.
David Mora ovación y oreja.
Marco Leal ovación y silencio.
En cuadrillas, gran tercio de varas a cargo del picador Gabin Rehabi en el tercero, que acudió hasta cuatro veces al caballo, tres de ellas arrancándose de largo.
La plaza tuvo media entrada en tarde soleada pero fría y ventosa.

Suspendida la corrida de Madrid por la lluvia

Día 31/03/2013 - 21.37h
La corrida del Domingo de Resurrección en Las Ventas fue suspendida por «la lluvia y el mal estado del ruedo», según informó Taurodelta. Ya antes de arrancar el festejo empezó a llover con fuerza, por lo autoridades y toreros tomaron esta decisión.
El cartel estaba compuesto por Fernando Cruz, Sergio Aguilar y Leandro, que iban a dar cuenta de una seria corrida de Peñajara.

Morante de la Puebla: «La Maestranza es un santuario divino»

Día 01/04/2013 - 00.08h

El genio sevillano abre el cartel de más relumbrón de la temporada, con El Juli y Manzanares, este Domingo de Resurrección. ABC.es te lo contará en directo

Recorre las galerías interiores de la plaza de toros de Sevilla con tranquilidad, entre calada y calada a un «veguero» con más trapío que un miura. Parece escudriñar cada rincón. Delante de la Puerta del Príncipe, sonríe en alguna ocasión aunque de vez en cuando la mira de reojo, suponemos que recordando aquella salida por tan ansiado dintel. Ya en los tendidos, se sienta en los ladrillos que hoy, Domingo de Resurrección, estarán repletos para contemplar, admirar, su toreo.
José Antonio Morante Camacho, Morante de la Puebla en los carteles, vuelve hoy a su plaza. Y antes de ello reflexiona, a golpe de sensaciones, sobre lo que es Sevilla, la Maestranza, su afición... mientras fija muchas veces su mirada en la Giralda sobresaliendo por encima del coso baratillero, se recrea en el ruedo o en sus tablas, donde varios operarios dan las últimas imprimaciones «rojo inglés» para que estas maderas vuelvan a relucir más que nunca en un día tan especial como el Domingo de Resurrección en Sevilla.

Quince años de su debut

Hablamos, como escribo, de sensaciones. Le comento al torero si es mucho de estadísticas. Me dice que no. Y le respondo que este 2103 se cumplen quince años, que se dice pronto, de su presentación como matador de toros en este mismo coso. Piensa mientras da una calada a su habano. «Aquel día lo recuerdo con mucho nerviosismo. La carrera de un torero, al principio, depende de esos días y lo recuerdo como una tarde de mucha responsabilidad. No son tardes de tanto disfrute, sabes que te juegas la carrera. Pero al final la disfruté muchísimo porque le pude cortar las dos orejas a mi segundo toro, de Gavira, y fue un día muy feliz. Felices todos: la familia, la cuadrilla... porque al principio, la cuadrilla es como casi el torero, todo es... además, yo llevaba una cuadrilla que venían conmigo desde novillero y era un éxito de todos».

La importancia de la fe

Continúa mirando la plaza, sus tendidos, sus gradas, su ruedo. ¿Qué se le pasa a un torero como Morante por la cabeza cuando ve esta obra de arte? «Esto es como un santuario, donde la fe es muy importante. Yo lo compararía con una Catedral, con una iglesia, donde no cabe otro pensamiento, una vez que estás dentro, que no vaya con la pureza y la verdad que uno lleva dentro como torero. Al entrar siempre te vienen recuerdos, muy profundos muchas veces. No tienen por qué ser momentos bonitos todos porque también están las cornadas. Pero todo ese conjunto, todo ello, hace que la plaza de toros de Sevilla, la Maestranza, sea un sitio divino. La gloria está aquí».

El niño dormido

La gloria en estos ladrillos que conoce bien el torero y por los que anduvo siendo un chiquillo, cuando quizá ni soñaba con ser torero. «Las primeras veces que venía a los toros a la Maestranza lo hacía con mi padre, siendo yo un niño. Recuerdo que me hacía el dormido para entrar y no pagar una entrada más. Íbamos a la grada de sol. Yo me hacía el dormido, él me cogía en brazos y mi padre, al entrar, claro, el portero le pedía la entrada del niño y él le decía: “Al niño ni le gustan los toros ni ná de ná, pero yo me lo traigo. Si está dormido, mire usted...”. Y nos dejaban pasar. Recuerdo con mucha emoción toda esa conversación que mantenía con el portero, y cuando ya íbamos subiendo la escalera, que ya íbamos para dentro... claro, era una emoción tremenda. Lo que más recuerdo era cuando ya estábamos arriba, pasábamos por el callejoncito que daba a la plaza y veías toda esta inmensidad... era todo tan bonito, tan emocionante. Esos son mis primeros recuerdos de niño».
«Después he venido mucho tiempo —continúa José Antonio—. Al principio casi no venía a ver a las figuras, ya que no había una economía para ir a las corridas de toros, así que lo hacía en lasnovilladas. Venía cuando toreaba alguien conocido de La Puebla, de Coria... y veníamos a las novilladas».
Se aprende mucho en las novilladas, suele decirse siempre por parte de los profesionales y de los aficionados. «Sí, y sobre todo se aprende escuchando. Yo siempre me he juntado con gente mayor porque, aparte de que es un mundo en el que siempre tienes al lado a banderilleros, gente del toro, siempre me ha encantado escuchar. Y aquí, en Sevilla, se aprende mucho escuchando».

Cumbre de El Juli, por la Puerta del Príncipe de Sevilla

Día 31/03/2013 - 23.51h

Corta tres orejas en la corrida del Domingo de Resurrección y se va dos veces a portagayola

En una tarde de enorme expectación, El Juli corta tres orejas, abre sin discusiones la Puerta del Príncipe y da una lección de poderío. Ya había vivido antes esa experiencia pero la de esta tarde es, sin duda, una de las cumbres de su carrera.
Prólogo complicado: se rechazan en el reconocimiento nueve toros. ¡Lamentable! Después de muchas idas y venidas, se lidia un toro deParladé, el primero, muy deslucido, y cinco de la ganadería anunciada, Garcigrande: todos son justos de fuerzas pero no plantean graves problemas a los matadores.
Julián López anuncia su actitud yéndose a portagayola en el segundo, enlazando la larga cambiada con verónicas de manos bajas, ganando terreno. Un quite, a cámara lenta, hace sonar la música. Da distancia al toro, lo engancha en la muleta, manda, liga. Cuando el toro se raja, aguanta parones. Con su habitual salto, logra un estoconazo: muere el toro en una bella estampa y corta la primera oreja.

Otra vez a portagayola

Vuelve a irse a portagayola en el quinto y el público ve claramente su disposición. Aunque el toro va suelto, hace un gran quite por verónicas, mandando mucho. En banderillas, es herido El Niño de Leganés.Julián no se inmuta: en el centro del ruedo, se mete en su terreno, conduce las embestidas hasta muy lejos. Unos naturales, mandando muchísimo, provocan que la gente se vuelva loca: mata de estocada, volcándose, y el presidente saca a la vez los dos pañuelos.
No ha sido la tarde de Morante ni de Manzanares. El primer toro, de Parladé, deslucidísimo, engancha dos veces el capote de José Antonio. Al comprobar que se cuela, rebrincado, corta por lo sano: faena brevísima y lógica bronca. En el cuarto sí que quiere: consigue excelentes verónicas y un precioso quite pero el toro flaquea demasiado. Las caídas deslucen hermosos muletazos, llenos de sabor. La decepción es lógica: queríamos más... Brilla el ingenio sevillano en un grito: «¡Morante, me engañas pero te quiero!».
Manzanares, predilecto de Sevilla, tampoco tiene fortuna. En el tercero, incierto, huido, logra muletazos solemnes, sin apreturas: se produce cierta división. Abundan las pinceladas estéticas pero falta algo para el clamor popular y no acierta con la espada. El último es pegajoso, crea problemas en banderillas: dos grandes pares de Trujillo, que saluda. En la muleta, no se entrega. José María le arranca naturales de calidad, le saca más de lo que merece el toro pero menos de lo que la gente esperaba. Y no acierta de nuevo con los aceros. ¿Ha perdido algo el sitio que antes tenía con la espada? La tarde de los seis toros lo comprobaremos.


Suenan clarines y timbales, se abre la puerta del patio de cuadrillas y arranca el paseíllo. Los aficionados, al ritmo de pasodoble, se acomodan en sus asientos y disfrutan observando a los diestros envueltos en sus capotes de paseo, luciendo sus trajes, lo primero que los espectadores ven de los actuantes al inicio de un festejo. Un atuendo fuera de lo común, una vestimenta extraordinaria a la que Luis Miguel Dominguín calificaba como 'la segunda piel del torero'.
De blanco y oro por tradición el día de alternativa, de grana que tradicionalmente se ha considerado el color de los valientes, el lila el del triunfo... Siempre bordados con flores, jarrones, a veces con los cabos en negro... Existen miles de trajes de luces, cada uno con su personalidad y con un bordado y color que lo distingue del resto.
En todas estas cuestiones ha querido profundizar el escritor Francisco Delgado que acaba de publicar 'Colores del toreo', un libro editado por Edicions Bellaterra que profundiza en la historia del traje de luces y en su significado cultural y antropológico. Con prólogo en español y francés de François Zumbiehl, la obra está ilustrada con las instantáneas del fotógrafo Juan Pelegrín.
El traje de luces, tal y como se concibe hoy en día, es el resultado de una evolución estrechamente ligada a la propia historia de la tauromaquia. En los albores de la fiesta, la gente que se ponía delante de un morlaco lo hacía vestida de calle, con las ropas que habitualmente usaba.
El primer elemento que distinguía al torero contratado para lidiar del resto de la gente que estaba en el ruedo, con intención de dar un capotazo o hacer un recorte, eran unas bandas de colores que empezaron a emplearse en Sevilla. Ese fue el primer signo distintivo del diestro.
El atuendo comenzó a evolucionar, al ser conscientes de la necesidad de diferenciar al torero en la plaza. Se le fue dotando de mayor riqueza pero quien le dio un impulso significativo fue el espada Costillares (Sevilla, 1743 - Madrid, 1800). El diestro, conocido por sus innovaciones en la tauromaquia, modificó el vestido introduciendo la chaquetilla bordada en oro para el matador y el plata para los subalternos, además de incluir el calzón de seda y la faja de colores.
El cambio se hizo más notorio con Paquiro (Chiclana de la Frontera, 1805 - 1851), que marca y fija los cánones del traje de torear, que básicamente y en lo fundamental ha llegado hasta nuestros días como él lo diseñó.
Siendo apenas un niño, los franceses ocuparon Chiclana de la Frontera y le deslumbraron con los bordados de los trajes de los oficiales franceses. Quizás eso pudo influir en su diseño, pues hay cierta similitud con los adornos, los machos y las hombreras. No obstante, no es la única teoría sobre las similitudes con el atuendo militar. Francisco Delgado comenta que en sus inicios, el toreo era una actividad para señores, caballeros y reyes, teniendo el pueblo su participación mermada a un mero papel subalterno.
«Cuando la tauromaquia se va arraigando y se normaliza, los toreros también trataban de emular en su vestimenta a la que usaban los militares, de ahí que guarde cierta similitud con el atuendo de los caballeros cuando se enfrentaban a los toros», asevera el autor de 'Colores del toreo'.
Además de sus modificaciones en el traje, Paquiro incluyó también la montera, pues al principio el torero iba tocado con el sombrero de la época, ya fuese el de candil o el de medio queso.
Con Paquiro el tocado adquiere una significación especial, incluso se le atribuye una cierta parte de leyenda o metáfora al considerar algunos estudiosos que por su color y consistencia acerca al toro y al torero. «Los cazadores cuando salen de caza se intentan camuflar adaptándose a la forma del animal que quieren cazar y la montera no dejaría de ser también un cierto recuerdo del toro», afirma el autor, Francisco Delgado.
Sin embargo, el Cossío indica que según el Archivo Municipal de Madrid, en una fiesta celebrada en la Plaza Mayor de la capital el 7 de agosto de 1619
Desde las aportaciones de Paquiro, el traje de luces se ha modificado en algunas cuestiones. Por ejemplo, la chaquetilla se ha acortado y también ha disminuido el tamaño de los alamares. Las bandas de la taleguilla se han estrechado ligeramente y sobre todo ha cambiado el tejido. «En el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, estaban confeccionados en seda. Eran muy bonitos, pero se estropeaban con facilidad. Tras tres o cuatro tardes había que cambiarlos. Ahora, con los nuevos tejidos sintéticos, los vestidos se pueden usar durante más tiempo y siempre que no haya un percance y el cuidado sea correcto, pueden aguantar unas cien puestas», explica Delgado.
Color y bordado
En la actualidad, lo que distingue un traje de otro es su color y el bordado. Los toreros suelen elegirlo por modas, manías e incluso por comodidad. Algunos, como Enrique Ponce, suelen ser fieles a un mismo diseño a lo largo de los años y ha lucido los jarrones durante casi toda su trayectoria. El bordado, se realiza en oro, plata o azabache, también puede ser de corazones, piñas, conchas, con motivos religiosos... Algunos diestros como José Tomás innovaron presentando medias lunas en un vestido. En concreto el que lució en su reaparición en Valencia en 2011, tras su grave percance en Aguascalientes. Sebastián Castella también suele caracterizarse por la originalidad de sus bordados.
Con respecto al color, algunos tradicionalmente apenas se han empleado al considerar que traen mala suerte a quien los viste. «Desde que Moliere murió en el escenario interpretando una obra en la que iba vestido de amarillo, siempre se ha interpretado como un color nefasto. Los artistas lo han evitado y los toreros, como artistas que son, también», expone Francisco Delgado, que aún así recuerda que espadas como Luis Francisco Esplá o Jesulín de Ubrique lo han usado en algunas ocasiones.
Domingo Ortega o Luis Miguel Dominguín no querían vestir de verde, algo que también le pasa a Esplá, aunque por motivos diferentes. Mientras los primeros no lo usaban al haber tenido malas experiencias vistiendo ese color, el torero alicantino lo evitaba al considerar que era un tono discordante, que no «pegaba nada en una plaza de toros», argumenta el autor que recuerda que Esplá es un matador muy vinculado a la cuestión del color al ser licenciado en Bellas Artes.
«Con respecto a la fama de 'gafe' del color amarillo hay un dato que desmiente totalmente esa teoría y es que en los últimos 30 o 40 años el color predominante en todas las tragedias ha sido el azul. Si repasas la lista, más del 90% iban vestidos con trajes de tonos azules», subraya Delgado.
Junto al traje y la montera, otro de los elementos significativos es el capote de paseo, con el que se envuelven los toreros antes del paseíllo. Suelen llevar bordado la imagen del santo favorito o la Virgen de su devoción buscando su protección para el festejo. «Hay otros que prefieren los motivos florales e incluso los geométricos», indica Delgado, que añade que el norteamericano John Fulton puso de moda los motivos aztecas. Diseñó una serie de bordados que se emplearon después en capotes de paseo de algunos matadores mexicanos.
A través de las páginas de este libro y gracias a los textos y las ilustraciones de Pelegrín es posible conocer de cerca uno de los aspectos más poco conocidos pero a la vez más curiosos de la historia de la tauromaquia.


Suenan clarines y timbales, se abre la puerta del patio de cuadrillas y arranca el paseíllo. Los aficionados, al ritmo de pasodoble, se acomodan en sus asientos y disfrutan observando a los diestros envueltos en sus capotes de paseo, luciendo sus trajes, lo primero que los espectadores ven de los actuantes al inicio de un festejo. Un atuendo fuera de lo común, una vestimenta extraordinaria a la que Luis Miguel Dominguín calificaba como 'la segunda piel del torero'.
De blanco y oro por tradición el día de alternativa, de grana que tradicionalmente se ha considerado el color de los valientes, el lila el del triunfo... Siempre bordados con flores, jarrones, a veces con los cabos en negro... Existen miles de trajes de luces, cada uno con su personalidad y con un bordado y color que lo distingue del resto.
En todas estas cuestiones ha querido profundizar el escritor Francisco Delgado que acaba de publicar 'Colores del toreo', un libro editado por Edicions Bellaterra que profundiza en la historia del traje de luces y en su significado cultural y antropológico. Con prólogo en español y francés de François Zumbiehl, la obra está ilustrada con las instantáneas del fotógrafo Juan Pelegrín.
El traje de luces, tal y como se concibe hoy en día, es el resultado de una evolución estrechamente ligada a la propia historia de la tauromaquia. En los albores de la fiesta, la gente que se ponía delante de un morlaco lo hacía vestida de calle, con las ropas que habitualmente usaba.
El primer elemento que distinguía al torero contratado para lidiar del resto de la gente que estaba en el ruedo, con intención de dar un capotazo o hacer un recorte, eran unas bandas de colores que empezaron a emplearse en Sevilla. Ese fue el primer signo distintivo del diestro.
El atuendo comenzó a evolucionar, al ser conscientes de la necesidad de diferenciar al torero en la plaza. Se le fue dotando de mayor riqueza pero quien le dio un impulso significativo fue el espada Costillares (Sevilla, 1743 - Madrid, 1800). El diestro, conocido por sus innovaciones en la tauromaquia, modificó el vestido introduciendo la chaquetilla bordada en oro para el matador y el plata para los subalternos, además de incluir el calzón de seda y la faja de colores.
El cambio se hizo más notorio con Paquiro (Chiclana de la Frontera, 1805 - 1851), que marca y fija los cánones del traje de torear, que básicamente y en lo fundamental ha llegado hasta nuestros días como él lo diseñó.
Siendo apenas un niño, los franceses ocuparon Chiclana de la Frontera y le deslumbraron con los bordados de los trajes de los oficiales franceses. Quizás eso pudo influir en su diseño, pues hay cierta similitud con los adornos, los machos y las hombreras. No obstante, no es la única teoría sobre las similitudes con el atuendo militar. Francisco Delgado comenta que en sus inicios, el toreo era una actividad para señores, caballeros y reyes, teniendo el pueblo su participación mermada a un mero papel subalterno.
«Cuando la tauromaquia se va arraigando y se normaliza, los toreros también trataban de emular en su vestimenta a la que usaban los militares, de ahí que guarde cierta similitud con el atuendo de los caballeros cuando se enfrentaban a los toros», asevera el autor de 'Colores del toreo'.
Además de sus modificaciones en el traje, Paquiro incluyó también la montera, pues al principio el torero iba tocado con el sombrero de la época, ya fuese el de candil o el de medio queso.
Con Paquiro el tocado adquiere una significación especial, incluso se le atribuye una cierta parte de leyenda o metáfora al considerar algunos estudiosos que por su color y consistencia acerca al toro y al torero. «Los cazadores cuando salen de caza se intentan camuflar adaptándose a la forma del animal que quieren cazar y la montera no dejaría de ser también un cierto recuerdo del toro», afirma el autor, Francisco Delgado.
Sin embargo, el Cossío indica que según el Archivo Municipal de Madrid, en una fiesta celebrada en la Plaza Mayor de la capital el 7 de agosto de 1619
Desde las aportaciones de Paquiro, el traje de luces se ha modificado en algunas cuestiones. Por ejemplo, la chaquetilla se ha acortado y también ha disminuido el tamaño de los alamares. Las bandas de la taleguilla se han estrechado ligeramente y sobre todo ha cambiado el tejido. «En el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, estaban confeccionados en seda. Eran muy bonitos, pero se estropeaban con facilidad. Tras tres o cuatro tardes había que cambiarlos. Ahora, con los nuevos tejidos sintéticos, los vestidos se pueden usar durante más tiempo y siempre que no haya un percance y el cuidado sea correcto, pueden aguantar unas cien puestas», explica Delgado.
Color y bordado
En la actualidad, lo que distingue un traje de otro es su color y el bordado. Los toreros suelen elegirlo por modas, manías e incluso por comodidad. Algunos, como Enrique Ponce, suelen ser fieles a un mismo diseño a lo largo de los años y ha lucido los jarrones durante casi toda su trayectoria. El bordado, se realiza en oro, plata o azabache, también puede ser de corazones, piñas, conchas, con motivos religiosos... Algunos diestros como José Tomás innovaron presentando medias lunas en un vestido. En concreto el que lució en su reaparición en Valencia en 2011, tras su grave percance en Aguascalientes. Sebastián Castella también suele caracterizarse por la originalidad de sus bordados.
Con respecto al color, algunos tradicionalmente apenas se han empleado al considerar que traen mala suerte a quien los viste. «Desde que Moliere murió en el escenario interpretando una obra en la que iba vestido de amarillo, siempre se ha interpretado como un color nefasto. Los artistas lo han evitado y los toreros, como artistas que son, también», expone Francisco Delgado, que aún así recuerda que espadas como Luis Francisco Esplá o Jesulín de Ubrique lo han usado en algunas ocasiones.
Domingo Ortega o Luis Miguel Dominguín no querían vestir de verde, algo que también le pasa a Esplá, aunque por motivos diferentes. Mientras los primeros no lo usaban al haber tenido malas experiencias vistiendo ese color, el torero alicantino lo evitaba al considerar que era un tono discordante, que no «pegaba nada en una plaza de toros», argumenta el autor que recuerda que Esplá es un matador muy vinculado a la cuestión del color al ser licenciado en Bellas Artes.
«Con respecto a la fama de 'gafe' del color amarillo hay un dato que desmiente totalmente esa teoría y es que en los últimos 30 o 40 años el color predominante en todas las tragedias ha sido el azul. Si repasas la lista, más del 90% iban vestidos con trajes de tonos azules», subraya Delgado.
Junto al traje y la montera, otro de los elementos significativos es el capote de paseo, con el que se envuelven los toreros antes del paseíllo. Suelen llevar bordado la imagen del santo favorito o la Virgen de su devoción buscando su protección para el festejo. «Hay otros que prefieren los motivos florales e incluso los geométricos», indica Delgado, que añade que el norteamericano John Fulton puso de moda los motivos aztecas. Diseñó una serie de bordados que se emplearon después en capotes de paseo de algunos matadores mexicanos.
A través de las páginas de este libro y gracias a los textos y las ilustraciones de Pelegrín es posible conocer de cerca uno de los aspectos más poco conocidos pero a la vez más curiosos de la historia de la tauromaquia.